José Luis Vargas Sifuentes: “La misión del periodista es tener vocación de servicio y entrega a los demás”

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PARTE I

Carismático, un libro abierto, siempre de buen humor y atento a las noticias. Es el sello distintivo del periodista peruano José Luis “Piolín” Vargas Sifuentes.

No hay duda de su calidad de ser humano. Por su trayectoria impecable y altamente humanitaria en sus 50 años de servicios profesionales, José Luis es un ícono en el periodismo nacional. El escritor Enrique Congrains subraya al referirse a José Luis: “es de las canteras del periodismo y versátil como ninguno por ser conocedor de todo lo habido en el saber universal”.

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El primero de diciembre de 2018, sus compañeros y colegas del Club de Periodistas del Perú y otros medios de comunicación, le preparan un grandioso homenaje internacional en la ciudad de Lima.

-¿Naciste en Lima? ¿Cuál es tu barrio donde creciste?

Nací en la Maternidad de Lima, y perdí a mi padre, José Alfonso Vargas López, el 14 de abril de 1947, exactamente dos meses antes de yo cumplir los dos años de edad. Mi madre, que era costurera a domicilio, nos dejaba al cuidado de nuestros abuelos, juntamente con una docena de primos, hijos de cuatro de mis siete tíos (los tres últimos eran poco mayores que nosotros y nos criamos juntos) que se iban a trabajar. Éramos una familia enorme. Vivíamos en la cuadra 7 del jirón González Prada en Surquillo, Nuestros abuelos (‘Papá Viejo’ y ‘Mamá Zoila’) tuvieron que organizarnos para que no nos la lleváramos fácil: a cada quien, sin distinción de falda o pantalón, se nos asignaba una tarea, rotativa, por semana. Mama Zoila, fue cocinera de Palacio de Gobierno durante el segundo gobierno de Manuel Prado). En mi niñez fuí acólito (mis amigos dicen que después me convertí en ‘acólico’) y oficié misas en la naciente urbanización San Borja, y tuve que aprender a orar en latín, como se estilaba entonces. En el tercer año de Periodismo llevé un primer grado de Teología y obtuve la más alta nota. No seguí el curso, que me encantaba, por dedicarme a mi oficio.

-¿Cuál ha sido el factor número uno al escoger la carrera de periodismo?

No puedo precisar con exactitud, pero la inclinación me venía desde mis primeros años de secundaria, tal vez influenciado por la lectura de numerosos libritos de aventuras que vendían a 20 centavos (el antiguo ‘gordo’)  en la puerta del desaparecido cine ‘Leoncio Prado’, y que ‘devoraba’ a razón de dos libritos por día. En algunos de ellos leía las aventuras de algún periodista que me incitó a pensar (o desear vivirlas personal y directamente). No quería que me contaran lo que ocurría a nuestro alrededor, sino ser testigo de esos hechos y contarlas después. En tercero de secundaria, en el curso de Orientación Vocacional, que se dictaba entonces para determinar si cursábamos los dos últimos años de estudios en Ciencias o Letras, un profesor dictaminó: “Tú estás para ser periodista”. Fue una felicidad muy grande cuando aprobé el ingreso en la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Desde entonces, yo creo que acerté en escribir mi futuro, y creo que si volviera a tener que empezar de nuevo, volvería a elegir esta misma profesión.

-¿Si tendrías que empezar de nuevo, escogerías la misma carrera?

Yo creo que acerté en escribir mi futuro, y creo que si volviera a tener que empezar de nuevo, volvería a elegir esta misma profesión. Mi vocación se acrecentó cuando empecé a practicar en la Edición Suburbana de La Prensa, a principios de 1967 y conocí al entonces joven reportero Humberto Castillo Anselmi, el famoso ‘Chivo’ Castillo. Siempre quise ser como él, pero es bastante difícil seguirle sus pisadas porque no tengo su memoria fotográfica ni la facilidad con que él describía lo que veía y escuchaba. Asimismo, tuve la suerte de tener como profesor de Redacción Periodística a José Velásquez Neyra, en la Escuela Periodismo; y Jorge Castro De los Ríos como jefe de Redacción en los trece meses que estuve en La Prensa. Qué forma de orientar a los principiantes como yo.

-No te molesta que te llamen Piolin. ¿Quién te puso este sobrenombre?

Cuando ingresé a la universidad y tuve que raparme la cabeza como ‘cachimbo’ todos se reían al verme, aunque sin malicia. Fue el gasfitero Víctor Ortiz, quien observó que mi cráneo era similar a la cabeza del famoso canario. “Te pareces a Piolín”, me decía. Y para completar el cuadro, él mismo le puso ‘Silvestre’ a un conductor de un camión de transporte de materiales de construcción (arena, fierros, ladrillo, cemento), que tenía una enorme ‘panza chelera’, vestía de negro (él mismo era de piel oscura) y camisa blanca, que resaltaba su voluminoso abdomen.

Un sábado llegó a mi casa un excompañero de estudios, Óscar Coronel, fallecido en Yungay durante el aluvión que sepultó a esa ciudad el domingo 31 de mayo de 1970. Terminada la tarea, nos propusimos tomar un par de cervezas. Fuimos al chino de la esquina a comprarlas, y fue recibido por Ortiz y los demás guaraperos de la semana. “¿Sabes –le dijo a mi compañero- que a tu amigo le decimos Piolín?” Una risa general selló la cosa. Llegado el lunes, lo primero que hizo Óscar Coronel fue plantarse al frente del salón y anunciar: “A Varguitas le dicen Piolín en su barrio”. La cosa se generalizó, a tal punto que cuando postulé a la secretaría general del Centro Federado de Periodismo, perdí las elecciones porque un 35 % de los votos estaban viciados, según me lo dio a conocer Luis Rodríguez Aranguren (hoy en Estados Unidos), presidente del Comité Electoral. ¿Qué había pasado? Como en ese entonces había que escribir el nombre del candidato, la gran mayoría que simpatizaba con mi candidatura no recordó mi nombre en ese momento y escribió ‘Piolín’ en su cédula. Hasta entonces el apodo quedó circunscrito a las aulas universitarias. Hasta que… una llamada a la redacción del diario Correo, preguntando por un tal ‘señor Piolín’, amplió el panorama. El recordado colega Ronald Coloma, encargado de la redacción le respondió a la señorita que llamaba que esa persona no existía. “Piolín es el señor Vargas”, dijo la voz al otro lado de la línea. Para qué. Coloma se paró delante de toda la redacción y preguntó a voz en cuello: “¿Hay alguien aquí que se llama Piolín?” Me levanté y dije: “La llamada es para mí”, lo que desató la risa general. Cuando iba a una comisión el fotógrafo de turno que me acompañaba me llamaba Piolín, y después empezaron a hacer lo propio los colegas de otros medios, y así, poco a poco, se fue extiendo entre todos los colegas y hasta por algunos políticos amigos míos, que también se hicieron eco del apodo.

-¿Cuál fue tu primera asignación? ¿En qué medio?

Cuando empecé en La Prensa no había Cuadro de Comisiones. Al principio era una página que se publicaba exclusivamente para el distrito de Comas, que después se amplió a Independencia, y luego a San Martín de  Porres (aumentando a dos páginas), que no aparecían en las ediciones de Lima. (Era como las ediciones para provincias que solo se publicaban con noticias de la zona donde se vendía el diario: el norte, el centro y el sur.) Nos mandaban a la zona a buscar noticias. Todos los días (con Julio Alzola y Carlos Marroquín, ambos compañeros de estudios, el segundo fallecido hace un año) veníamos con alguna novedad. Así descubrimos, entre otras cosas, que había niños que se ganaban la vida picando las piedras de los cerros que, después, los camiones volquetes se llevaban para las construcciones. Ellos recibían solo propinas. Una de las tantas e indignantes formas de explotación laboral infantil.

¿Es el periodismo investigativo fundamental en la profesión?

Por supuesto. Para escribir sobre una persona o para entrevistar a un personaje es necesario investigar sobre su pasado, sus hechos anteriores que lo llevaron a la fama, y así poder referirse a ella con conocimiento de causa. Incluso para algo tan simple como ser enviado especial a alguna ciudad o algún país, es necesario antes averiguar su historia para no cometer imprecisiones. Pocos periodistas se dedican a investigar los antecedentes de una determinada persona o de algún hecho destacado, por eso publican tantas inexactitudes (por no decir idioteces) todos los días. Eso lleva a la desorientación y la desinformación del gran público. Un periodista debe hurgar hasta en el basurero de la historia, si se quiere, para escribir lo que otros pretenden impedir que se conozca. Aparte, que resulta fascinante descubrir lo que se esconde bajo la alfombra. Cómo no extrañar a ese extraordinario periodista y escritor, cariñosamente apodado ’Pollo Gordo’, quien me impulsó en hacer investigación periodística.