Andrea y su Milagro de Navidad

En la Navidad es cuando más agradecida estoy porque Dios fue magnánimo conmigo

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“Me había retirado del trabajo. Mi pensión no era gran cosa. No tenía ahorros. Mis hijos no podían ayudarme. No tenía a donde irme. No podía pensar claramente pero en ese momento de desesperación es cuando Dios te envía ángeles que te dan fortaleza”

(Lajas, Puerto Rico) Andrea Acosta Figueroa es madre de dos varones y tiene cinco nietos. Tiene 70 años y es viuda desde hace 18. Un día salió a cuidar a un nieto al hospital y recibió una llamada que cambiaría su vida.

“Todavía siento escalofríos cada vez que recuerdo esa llamada de un vecino”, recuerda Acosta. “¡Tu casa se está quemando!

La adrenalina le subió por el cuerpo. La desesperación se apoderó de su alma. Los nervios no le permitían pensar.

“Nadie se puede imaginar lo que significa perder todo por lo que has trabajado durante una vida”, expresa con rostro compungido. “No son solo las cosas materiales. Pensé en mi hijo que se había separado de la esposa y vivía conmigo. Pudo haber estado en la casa. Gracias a Dios fue de día y había salido”.

“¿Te imaginas si el fuego hubiese sido de noche?”

El fuego lo causó un desperfecto en el motor de una pecera. Este causó un corto circuito y las chispas se apoderaron de los muebles acojinados y de allí a las cortinas.

“Me cuentan los vecinos que todo fue tan rápido. Las llamas salían por las ventanas. El humo lo ennegreció todo”.

La casa era de cemento. El calor del fuego hizo explotar espacios en las paredes y el techo. Las llamas lo consumieron todo y la estructura quedó lacerada de muerte y oscura como una noche de tormenta.

“Siempre dejaba una llave guardada en un lugar secreto por si alguno de mis hijos o nietos llegaban y no estaba en casa. Le dije a mi vecino dónde estaba, pero el nerviosismo no permitió que la encontrara. En eso el fuego se volvió incontrolable”.

Los bomberos respondieron con rapidez, pero la casa está ubicada en el sector La Garza en el barrio Lajas Arriba del municipio del suroeste puertorriqueño de Lajas. Es un campo que dista entre diez y quince minutos del pueblo.

“En lo que los bomberos llegaron el fuego estaba fuera de control”, recuerda Andrea. “No sé ni cómo manejé de regreso a casa. Estaba sumamente nerviosa”.

“Me dije, tienes que sacar fuerzas de donde no tienes. No pienses en nada. Pon todo en las manos de Dios. ¡Llega!”

Los bomberos llegaron. Rompieron puertas y le pegaron chorros de agua a presión a todo. Lo que el fuego no quemó, el agua lo destruyó.

“Llegué a la casa. ¡Era un carbón!”

“No pude contener las lágrimas. Había perdido la casa y los recuerdos que ella guardaba”.

“No es fácil expresar las emociones en un momento de crisis. Es una ola incontrolable de conmociones. Piensas en tantas cosas. Intentas ordenar los pensamientos y no puedes”.

“Lo peor es contestarte la pregunta, ¿y ahora qué?”

“Me había retirado del trabajo. Mi pensión no era gran cosa. No tenía ahorros. Mis hijos no podían ayudarme. No tenía a donde irme. No podía pensar claramente”.

“Lo único que decidí fue quedarme en la casa achicharrada y olorosa a cosas quemadas”, sentenció Andrea. “Fue una decisión más económica que emocional. No tenía dinero”.

“Dormí en una casa quemada con una colchoneta tirada en el piso. No había nada más que hacer”.

Andrea vive en la finca que era propiedad de su suegro, Juan Ramírez. Lleva viviendo 48 años en la parte de herencia que le correspondió a su difunto esposo, Julio Víctor Ramírez Jusino alias “Papo” con el cual procreó a sus dos hijos, Julio Víctor Ramírez Acosta y Eric Joel Ramírez Acosta.

“He vivido toda una vida en esta casa. Es la herencia que mi esposo le dejó a nuestros hijos. Irme no era una opción”.

“Es en ese momento de desesperación donde Dios te envía ángeles que te dan fortaleza. Te ayudan a serenarte y a ordenar los pensamientos”.

En la casa ya reconstruída junto a Melvin y dos de sus cinco nietos.

“Fueron muchos los ángeles, pero el primero en ayudarme fue Melvin Cruz Ramírez”.

Melvin Cruz Ramírez es un líder comunitario que vela por el bienestar de sus vecinos. La Garza es una comunidad de 100 familias, en su mayoría de escasos recursos económicos.

“Melvin estuvo todo el tiempo apoyándome y se encargó de identificar tanto la ayuda gubernamental como la privada”, rememora Andrea. “Contactó a vivienda estatal, al alcalde de entonces, Leo Cotte, a las Caridades Católicas e inició una recolecta de donaciones”.

La gente fue magnánima, una cualidad que distingue al puertorriqueño.

“Recibí donaciones de muebles, juegos de comedor, de cuarto, hasta televisores. El municipio donó algunos materiales y con el dinero que se recolectó se pagó la mano de obra para reconstruir la casa”.

“Se reparó la estructura existente. La casa está en excelente condiciones, aunque todavía hay áreas donde el cemento quedó lacerado por el fuego y se explota, pero se repara”.

“No importa cuánto tiempo pase, el temor queda en tu corazón. Cuando salgo checo que todo esté desconectado”.

“Las experiencias traumáticas te fortalecen. El amor y la caridad te hacen mejores seres humanos. Siempre hay que darle la manos a otros como me la dieron a mí”.

“En la Navidad es cuando más agradecida estoy porque Dios fue magnánimo conmigo. Su bondad me llegó a través de ángeles como Melvin, que me ayudaron no solo con cosas materiales sino con apoyo emocional y espiritual”.

“En estos momentos de incertidumbre que vive Puerto Rico estoy confiada que saldremos adelante. Soy ejemplo viviente de la bondad de mi pueblo. Dios siempre envía ángeles en tus momentos de mayor angustia”.

“Deseo de todos corazón que todos pasemos una bendecida Navidad y que el 2019 sea un año próspero y abundante de bendiciones”, concluyó Andrea.

En esta Navidad pensemos en los demás, aprendamos de la experiencia de Andrea y emulemos a ángeles como Melvin, demos la mano al necesitado. Estoy seguro que seremos recompensados. ¡Feliz Navidad!